lunes, 13 de octubre de 2014

El poder de los sufijos

Chis nos quiere demostrar aquí cómo es capaz un simple sufijo de convertir en prohibida una palabra inocente:

―¿Conque la amas? ―La amo.
―¿Y me dijiste que era 
una empresaria del ramo?
―Sí, exactamente ramera.


4 comentarios:

  1. A veces son graciosos, a veces no:
    La que reparte cartas... cartera.
    El que arregla flores... florón
    La que arregla flores... florona.
    El que cría ratas... ratero

    Salu2.

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    1. Atento a esta fábula, Diego, escrita muy a principios de siglo:

      EL JAPONÉS HISPANÓFILO

      Un japonés se enamoró de España
      en Tokio, e hizo un pseudo-diccionario
      de español-japonés lleno de maña
      y de este peculiar vocabulario:
      «Un perro regalado es un can-dado;
      un nido de cigüeñas, cigüeñal;
      un lenguado castrado, un deslenguado;
      un gran moral sin moras, inmoral;
      una liebre pequeña es un lebrillo;
      un cónclave de osos, un osario;
      una peste ridícula, un pestillo,
      y un buscador de setas, un sectario».
      Con su buen lexicón entre las manos,
      el japonés se nos plantó en Castilla
      y, tras hablar con cuatro castellanos,
      arrojó a la basura la cartilla.
      Si el hábito no se hace con la forma,
      no basta a la razón ninguna norma.

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  2. Si es que el español es una lengua muy rica. Somos la envidia de todas las lenguas....

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    1. Y nosotros, José, los primeros en maltratarla.

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