lunes, 17 de julio de 2017

Fábula de LA MEJILLA Y LA AMAPOLA

Va de fábula, pero cortita, secundum Alacrón. No es lo mismo comparar unos labios a una flor que una flor a unos labios: en la primera vence la naturaleza; en la segunda, la mujer.

Cogió una amapola enojo
porque un vate baladí
comparó el rojo rubí
de sus hojas al sonrojo
de una mujer. «Si ya el rojo
―prorrumpió con desconsuelo―
no encuentra en mí su modelo
como antaño, no me aterra
que el hombre escoja la tierra
como patrón para el cielo».


sábado, 15 de julio de 2017

Día festivo: un poema de Pilar Pardo

De Pilar Pardo es este poema titulado En tránsito. Pertenece a su libro Mirador (Colección DKV de Poesía, 2013). Una curiosa visión sobre el momento más peliagudo de nuestra existencia (amén del nacer y del morir, claro). Nuestra vida está llena, más que de puentes, de Rubicones. Me encanta esa manera de ver al adolescente como un monstruo prodigioso, terribile visu:

Es uno de esos seres prodigiosos
en que convive el niño
con el hombre incipiente.

Desconcertado, como un potro
ante la desmesura de sus patas,
trata de acostumbrarse
y de encajar los cambios más sutiles
que interrumpen al niño
y lo llenan de asombro.

No sabe si llorar o estar alegre

con lo que está pasando.


miércoles, 12 de julio de 2017

Fábula del cronista adjetivoso

Como mi Almanaque de alacranes es un almanaque de estiaje, está de sequía, y cuando llueve, lo hace con aguaceros, de ahí la larga fábula que nos propone hoy Alacrón:

Era un cursi que tenía
el hábito deleznable
de poner los adjetivos
de sus frases por delante
de los nombres. No importaba
que aquéllos fuesen vulgares
o poéticos; él siempre
los injertaba en lugares
preeminentes, como a duques,
dones, usías o grandes.
Vivía en no sé qué reino
ni en qué siglo miserable
(miserable por coétaneo
de aquel lerdo). Pero a base
de los crímenes nefandos
que infligía a la sintaxis,
entre los doctos y sabios 
fue tenido por pedante,
y entre los ricos ganó 
reputación de brillante.
Civil Derecho, ancha manga,
vil garrote, nobles gases, 
pasas uvas, fritos huevos
son varios de los dislates
que le labraron la fama
y talaron el lenguaje.
Tanto fue así que ascendió
cual los humos de un tunante
a cronista de la reina,
cuyo nombre memorable
era Paloma, orgullosa
de sí misma y su raigambre.
Le encargó la soberana
unas crónicas reales
(reales crónicas según
nuestro cursi) que historiasen
su reinado y el de todos
los reyes de su linaje:
a saber, Manuela, Carlos,
Isabel, Fernando el Grande,
y por último Paloma,
la más brava de carácter.
Tres años gastó el cronista
en completar sus anales:
uno tardó en embeberse
de otras obras semejantes,
otro tardó en acopiar
mil fuentes documentales,
y otro en reunir adjetivos
que tanta fuente cegasen.
Acabada al fin la obra,
que tituló como Anales,
mandó a dos mil amanuenses
copiar sendos ejemplares.
Por cada rey cronicado,
la dividió en cinco partes,
la más larga dedicada
a la monarca reinante;
y remató el mamotreto
(y a los amanuenses mártires)
con un prólogo a Paloma
dedicándole aquel trance.
No bien hubo ésta leído
la dedicatoria infame,
entró en cólera y mandó
encerrarlo en una cárcel,
hasta que al cabo de un mes,
depuesto el primer arranque,
lo hizo sacar y le impuso
como pena más suave
el destierro sine die.
Antes lo obligó a sentarse
y a leer de nuevo el prólogo,
que decía en un pasaje:
Aquí tenéis, alta reina,
estos valiosos Anales.
Cada ilustre abuelo vuestro
goza su título aparte:
el de la reina Manuela,
los Manuelinos Anales;
el del rey Carlos se llama
los Carolinos Anales;
el del gran Fernando el Grande,
los Fernandinos Anales;
el de la insigne Isabel,
Isabelinos Anales;
y el vuestro, ¡oh clara Paloma!,
servirá, si a vos os place,
para aumentar más el limpio
lustre de vuestro linaje;
por eso lleva por nombre
los Palominos Anales.
El cronista no entendió
por qué, antes de desterrarle,
lo obligaron a cambiar
los grupos adjetivales
y a ponerlos tras sus nombres
en los dos mil ejemplares.

Si tú lo entiendes, no uses
estos blancos semianales
como higiénico papiro
donde tu furia descargues.


domingo, 9 de julio de 2017

Día festivo: un poema de Raúl Pizarro

La civilización nos libera de las ataduras de la naturaleza; lo malo es que también nos priva de su inocencia. En este poema de Raúl Pizarro, perteneciente a su humanísimo libro Estar aquí (Colección DKV de Poesía, 2016), se expone en breves versos la agonía del hombre moderno, y sobre todo la del hombre individual que crece y deja de ser niño: los ensueños y fantasías de la infancia se derrumban ante la prosa vil y las necesidades de la edad adulta. La niñez es el sagrario de la ilusión.

Sentado en el sofá, frente al televisor,
como en un precipicio,
sin estrellas ni hogueras,
se nos viene la noche, no la calma.

Y un amargo silencio de espinas y facturas
se instala en los cojines.

En sus habitaciones
las niñas duermen sueños de princesas,

ponen trampas al Ogro del Castillo.



miércoles, 5 de julio de 2017

A los bancos

Siento este julius interruptus, pero la bofetada de las vacaciones me ha dejado grogui. Os informo de que durante el verano mitigaré la frecuencia de mis aguijones, y que los reduciré a los días festivos (esto es, a los findes líricos) y a algún que otro picotazo. Y aprovecho para consignar aquí mi agotamiento alacranero: 884 picotazos son muchos picotazos para un solo dueño; a estas alturas se me hace incluso difícil llegar a mil, que tiene ese prestigio tonto de las cifras redondas. El aguijón de hoy (un aguijón de archivo) pertenece a la camada de Videojugarse la vida; está dedicado a los bancos, con quien tuve ayer lo que podríamos llamar cierta fricción:

Soy un banco, no de peces 
ni de culos. Quien me vio(t) 
no olvidará mientras viva 
mi autorretrato robó(t):
  
Muchos no me llaman banco, 
sino barco, porque voy 
atracando en todas partes
sin ninguna detención.

Debo mi rumbo a pequeñas 
cartas de navegación 
(por otro nombre cartillas) 
que me otorgan gran valor; 

y sigo cuantas corrientes 
se me ofrezcan al arpón 
con los fondos más seguros 
para hacer una inmersión.

Empuja el viento la nave; 
yo anoto ceros en pos 
mientras el euro y el noto 
soplen siempre a mi favor.

Entre los peces que pesco, 
el róbalo es el mejor:
desecho los alevines 
y me guardo el gordinflón.

Luego lo vendo en las lonjas 
con trozos de embarcación: 
en Dacca vendo el más caro, 
y allá en Quito el mascarón. 

Algunos, por mis engaños, 
me llaman sólo timón; 
otros me llaman trinquete
por mis manos de ladrón;

y hay quien, por mi envergadura 
y por ser tan comilón, 
llama a mi nave ballena:
va llena de comisión.

Los que van a bordo dicen 
que qué van a hacer si no, 
y que de todos los mares 
prefieren el Mar Menor.

Los que queráis embarcaros 
y subir al espolón 
de mis zarpas, zarparemos 
desde el puerto de Bangkok.




sábado, 1 de julio de 2017

Día festivo: Trece elegías y ninguna muerte, un libro de Enrique Baltanás

                     La muerte es indolora y engañosa.
                     El corazón es cierto, pero duele.

Con este estupendo dístico define Enrique Baltanás la eterna enemistad entre razón y corazón en su poemario Trece elegías y ninguna muerte (Isla de Siltolá, 2013), que es asimismo la expresión de un combate: el de la existencia y la inexistencia. El sonoro sáfico que abre el libro, amén de su música, encierra en su paradoja la cifra de nuestro existir, esa agonía o lucha entre la certeza de morir y la incertidumbre de no hacerlo del todo. Sobre este precipicio nos hace oscilar el autor durante veintinueve poemas. A este vértigo aluden numerosas veces los versos con una persistente palabra: misterio, como ya anuncia la segunda de sus elegías:

No es la ciencia quien sabe de la vida. Es el misterio.
El que nos interroga a todos desde el Todo.
La verdad de la vida es el misterio.

Hay veces en que triunfa la esperanza (Aquello que en verdad abre la muerte / no es una tumba, sino mil preguntas); y ocasiones en que el alma se deja vencer por el desaliento (Una chispa de ser que ya se extingue / en la hoguera incesante de la nada). Con todo, en Baltanás predomina la tenue esperanza no ya en el más allá, sino en el misterio, garantizado por la fe, como felizmente expresa la Elegía V, un magistral cruce de intertextualidades entre Luis Rosales y San Lucas:

Y cuentan que a ese náufrago metódico
la misma mano lo agarró y le dijo:
hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
Y al subir a la barca cesó el viento.

Su duda adquiere en ciertos momentos resonancias sociales (en el mejor sentido de la palabra); Baltanás parece sentirse víctima del agnosticismo que define al hombre de hoy, del positivismo orgulloso, pero huérfano, del que adolece la cultura occidental, tal como expresa la breve Elegía X:

Al fin, el hombre es dueño de sí mismo.

Ya no está de rodillas, como estaban
fra Angelico, Pascal, Pasteur o Bruckner.
… Ya nadie se arrodilla.

Y erguidos vamos ciegos no sé adónde.

Si nos percatamos, las dos partes en que se divide el libro no son tales partes, sino caras de una misma moneda. Si las trece elegías aluden explícitamente al misterio de la vida y de la muerte y no menos al pánico y al vértigo que nos provoca la sola concepción de la nada, la segunda sección del poemario (Ninguna muerte) se centra en el tiempo, en el devenir inapresable que únicamente pueden salvar los recuerdos; los siguientes versos de Tardías confidencias, el poema que abre el envés de este libro, lo expresa mediante magníficas aseveraciones:

Y el tiempo nunca escapa
porque no tiene adónde.
Tampoco el alma duerme,
sino que no recuerda.
No temas por el tiempo,
no temas por la vida.
Basta un instante sólo
para estar vivo siempre.

La belleza o el amor se imponen sobre el tiempo, como sucede al contemplar un ramo de rosas:

No hagas caso del tiempo.
El tiempo es un engaño en ese ramo
y en otras tantas cosas de la vida.

Siento haber llegado tarde a este libro, si tarde se puede llamar a leerlo cuatro años después de su publicación (lo cual no deja de ser una tontería, porque a Lope llego siempre cuatrocientos años tarde y sangra igual o más que en el siglo XVII). Y volvemos al problema —misterio más bien, misterio— del tiempo, que en Baltanás no es un río que va a dar no sabemos dónde. El tiempo es un círculo, y la historia de un hombre es la historia de todos los hombres. Cuando creemos estar llegando al final, no estamos sino al principio. El siguiente poema, perteneciente al envés del poemario, lo expresa de manera inexpresable, que es la mejor manera que tiene un poema de decir lo que no tiene palabras.

SUB SPECIE AETERNITATIS

El tiempo es como un mapa
que Dios ha iluminado, trazado con su mano,
y enrolla y nos lo entrega en el momento
preciso de aquel ¡Fiat!
Los hombres lo despliegan poco a poco,
de una generación a la siguiente.
Y así hasta el último de los mortales,
el que apague la luz de este planeta.

Cuando el rollo sea plano por completo,
ese último verá la faz entera de este mundo y el otro.
Pero el último hombre
lo es ya cualquier hombre.
En ese mapa todos los mortales,
aun antes de nacer o de acabarnos,

los primeros ya somos, y los últimos.


viernes, 30 de junio de 2017

Recollectio máxima

Viperio a Candidalgia en un soneto que imita a esos barrocos que consistían en una enumeración de tres o cuatro elementos sobre los que se decían cosas en paralelo que al final se recogía en un último verso recolector y conclusivo. Viperio, siempre desmedido, aumenta los elemtnos enumerados y luego recolectados a once. ¡Qué bestia el tío!

Eres el mar sin barco ni timón,
el pan de ayer, indómito a mi diente,
la luz que pago religiosamente,
la miel que más seduce al moscardón,

la sal que me produce hipertensión,
la sed que da después de ese ingrediente,
el ser que quita el ser al más valiente,
el son que suena en mí sin ton ni son,

el sur donde se suda a tutiplén
y el sol que siempre sacas de farol.
Todo eso eres y algo más, mi bien,

descrita en monosílabo español,
o dicho en una frase más fetén:
mar, pan, luz, miel, sal, sed, ser, son, sur, sol.


jueves, 29 de junio de 2017

Haiku del madrugón

Después de la larga fábula de ayer, hoy algo más comedido, servido por Alacrante:

¡Qué bofetón
da el sol al ojeroso
trasnochador!


miércoles, 28 de junio de 2017

Fábula de Telesto y Saturno

Alacrón vuelve a las andadas con una fábula astronómica y surrealista:

Telesto es un satélite minúsculo
que corteja a Saturno. Un telescopio
capaz sólo lo ve como un corpúsculo
rondando el astro con trayecto propio.
Pues bien, se dio una vez la circunstancia
de que el satélite, en un raro encuadre,
se alineó en tal punto, a tal distancia
y a tal altura de su inmenso padre
que desde nuestra Tierra se veía
Telesto en el perfil y los filillos
de la fantástica bisutería
que tiene su planeta por anillos.
Fue visto este fenómeno nocturno
por un astrónomo, y pensó, al ver esto,
que el borde de un anillo de Saturno
era un monte elevado de Telesto.
Y tan altísimo que, más que un bolo,
Telesto parecía un dardo bruno
que se alargaba desde polo a polo
dispuesto a dispararse hacia Neptuno.
Ante un hallazgo de tan gran valía,
la ciencia se hizo lenguas del diverso
relieve y la indudable hegemonía
de aquel otro Everest del Universo.
Supo el satélite que el ser humano
consideraba esa ilusión o treta
del ojo el mirador más soberano
hallado en ningún astro ni planeta.
Sabiendo un espejismo su collado,
oyó no obstante aquel humano arrullo
y, en lo más hondo de su núcleo inflado,
no pudo menos de sentir orgullo.
¡Cósmica vanidad! Tenemos miras
tan fatuas que, cuando metemos ruido,
somos capaces de admitir mentiras
con tal que nos regalen el oído.