Ayer me regalaron un alacrán enorme, con un aguijón del tamaño de una grúa. Se llama Alacrón, y las picaduras que hace son gordas como trolebuses. Esta primera la ha hecho –creo yo– en connivencia con Viperio, pues trata de los atentados lingüísticos que perpetran contra el idioma esas palabras de tamaño kilométrico llamadas sesquipedalismos, molestas como torpes abejorros:
Posicionada en el desdén, me expresas
lo poco que en tu amor contabilizo,
y muy a mi pesar, visionalizo
la durabilidad de tus promesas.
Yo aún te fidelizo y me interesas
por más que en mi interior te minimizo,
y en base a la potencia de tu hechizo,
me flipas, me influencias y me estresas.
¡Oh, vuelve a implementarme! Ven y ordena
la negatividad de mi poesía.
¿Tu obligatoriedad no es ser más buena?
Mi intencionalidad se allanaría
incluso a proclamar a boca llena:






