sábado, 1 de julio de 2017

Día festivo: Trece elegías y ninguna muerte, un libro de Enrique Baltanás

                     La muerte es indolora y engañosa.
                     El corazón es cierto, pero duele.

Con este estupendo dístico define Enrique Baltanás la eterna enemistad entre razón y corazón en su poemario Trece elegías y ninguna muerte (Isla de Siltolá, 2013), que es asimismo la expresión de un combate: el de la existencia y la inexistencia. El sonoro sáfico que abre el libro, amén de su música, encierra en su paradoja la cifra de nuestro existir, esa agonía o lucha entre la certeza de morir y la incertidumbre de no hacerlo del todo. Sobre este precipicio nos hace oscilar el autor durante veintinueve poemas. A este vértigo aluden numerosas veces los versos con una persistente palabra: misterio, como ya anuncia la segunda de sus elegías:

No es la ciencia quien sabe de la vida. Es el misterio.
El que nos interroga a todos desde el Todo.
La verdad de la vida es el misterio.

Hay veces en que triunfa la esperanza (Aquello que en verdad abre la muerte / no es una tumba, sino mil preguntas); y ocasiones en que el alma se deja vencer por el desaliento (Una chispa de ser que ya se extingue / en la hoguera incesante de la nada). Con todo, en Baltanás predomina la tenue esperanza no ya en el más allá, sino en el misterio, garantizado por la fe, como felizmente expresa la Elegía V, un magistral cruce de intertextualidades entre Luis Rosales y San Lucas:

Y cuentan que a ese náufrago metódico
la misma mano lo agarró y le dijo:
hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
Y al subir a la barca cesó el viento.

Su duda adquiere en ciertos momentos resonancias sociales (en el mejor sentido de la palabra); Baltanás parece sentirse víctima del agnosticismo que define al hombre de hoy, del positivismo orgulloso, pero huérfano, del que adolece la cultura occidental, tal como expresa la breve Elegía X:

Al fin, el hombre es dueño de sí mismo.

Ya no está de rodillas, como estaban
fra Angelico, Pascal, Pasteur o Bruckner.
… Ya nadie se arrodilla.

Y erguidos vamos ciegos no sé adónde.

Si nos percatamos, las dos partes en que se divide el libro no son tales partes, sino caras de una misma moneda. Si las trece elegías aluden explícitamente al misterio de la vida y de la muerte y no menos al pánico y al vértigo que nos provoca la sola concepción de la nada, la segunda sección del poemario (Ninguna muerte) se centra en el tiempo, en el devenir inapresable que únicamente pueden salvar los recuerdos; los siguientes versos de Tardías confidencias, el poema que abre el envés de este libro, lo expresa mediante magníficas aseveraciones:

Y el tiempo nunca escapa
porque no tiene adónde.
Tampoco el alma duerme,
sino que no recuerda.
No temas por el tiempo,
no temas por la vida.
Basta un instante sólo
para estar vivo siempre.

La belleza o el amor se imponen sobre el tiempo, como sucede al contemplar un ramo de rosas:

No hagas caso del tiempo.
El tiempo es un engaño en ese ramo
y en otras tantas cosas de la vida.

Siento haber llegado tarde a este libro, si tarde se puede llamar a leerlo cuatro años después de su publicación (lo cual no deja de ser una tontería, porque a Lope llego siempre cuatrocientos años tarde y sangra igual o más que en el siglo XVII). Y volvemos al problema —misterio más bien, misterio— del tiempo, que en Baltanás no es un río que va a dar no sabemos dónde. El tiempo es un círculo, y la historia de un hombre es la historia de todos los hombres. Cuando creemos estar llegando al final, no estamos sino al principio. El siguiente poema, perteneciente al envés del poemario, lo expresa de manera inexpresable, que es la mejor manera que tiene un poema de decir lo que no tiene palabras.

SUB SPECIE AETERNITATIS

El tiempo es como un mapa
que Dios ha iluminado, trazado con su mano,
y enrolla y nos lo entrega en el momento
preciso de aquel ¡Fiat!
Los hombres lo despliegan poco a poco,
de una generación a la siguiente.
Y así hasta el último de los mortales,
el que apague la luz de este planeta.

Cuando el rollo sea plano por completo,
ese último verá la faz entera de este mundo y el otro.
Pero el último hombre
lo es ya cualquier hombre.
En ese mapa todos los mortales,
aun antes de nacer o de acabarnos,

los primeros ya somos, y los últimos.


jueves, 29 de junio de 2017

Haiku del madrugón

Después de la larga fábula de ayer, hoy algo más comedido, servido por Alacrante:

¡Qué bofetón
da el sol al ojeroso
trasnochador!


miércoles, 28 de junio de 2017

Fábula de Telesto y Saturno

Alacrón vuelve a las andadas con una fábula astronómica y surrealista:

Telesto es un satélite minúsculo
que corteja a Saturno. Un telescopio
capaz sólo lo ve como un corpúsculo
rondando el astro con trayecto propio.
Pues bien, se dio una vez la circunstancia
de que el satélite, en un raro encuadre,
se alineó en tal punto, a tal distancia
y a tal altura de su inmenso padre
que desde nuestra Tierra se veía
Telesto en el perfil y los filillos
de la fantástica bisutería
que tiene su planeta por anillos.
Fue visto este fenómeno nocturno
por un astrónomo, y pensó, al ver esto,
que el borde de un anillo de Saturno
era un monte elevado de Telesto.
Y tan altísimo que, más que un bolo,
Telesto parecía un dardo bruno
que se alargaba desde polo a polo
dispuesto a dispararse hacia Neptuno.
Ante un hallazgo de tan gran valía,
la ciencia se hizo lenguas del diverso
relieve y la indudable hegemonía
de aquel otro Everest del Universo.
Supo el satélite que el ser humano
consideraba esa ilusión o treta
del ojo el mirador más soberano
hallado en ningún astro ni planeta.
Sabiendo un espejismo su collado,
oyó no obstante aquel humano arrullo
y, en lo más hondo de su núcleo inflado,
no pudo menos de sentir orgullo.
¡Cósmica vanidad! Tenemos miras
tan fatuas que, cuando metemos ruido,
somos capaces de admitir mentiras
con tal que nos regalen el oído.




martes, 27 de junio de 2017

Frases de amor

Chis se ha enamorado locamente de Candidalgia, bebe los vientos por ella. Para muestra, un botón:

Tanto te adoro, mujer,
y me tienes tan loquito
que he llegado a no comer
cuando no tengo apetito.



lunes, 26 de junio de 2017

Oficio enigmático

Alacrante, el alacrán más dado a emponzoñar oficios, nos ofrece en este aguijón (recogido de mi novela Videojugarse la vida) lo que él llama un enigma. ¿A qué se dedica el currante de los siguientes ocho versos?

Los hay que no pintan nada 
o que se las pintan solos 
para que todo les venga 
que ni pintado y a tono.
Mas yo, con mi mala pinta,
cuando tal vez los negocios
pintan bastos, me sitúo
entre Pinto y Valdemoro.


sábado, 24 de junio de 2017

Día festivo: Letra y nube, de Juan Antonio Bernier

LETRA Y NUBE: FRAGMENTOS DE UNA CANCIÓN QUE NO SE OYE

Confesaré mi metedura de pata con este libro de Letra y nube (Pre-Textos, 2017), el día de su presentación oficiosa, cerca del cordobés Cristo de los Faroles. Tuve la fortuna de cruzar unas breves —las primeras— palabras con Curro Bernier a raíz de la audición (sí, audición, como en las salas de conciertos) de sus versos. Sorprendido por la extrema brevedad de sus poemas (el más largo alcanza ocho líneas), quise dármelas de crítico perspicaz y los quise calificar de aforísticos. Juan Antonio se apresuró benévolamente a discrepar: por encima de lo lapidario (que no existe, porque aquí no hay piedra: todo está latiendo) está lo lírico. Hoy soy yo el que más disiente de sí mismo. En los poemas de Letra y nube no se detecta la deliberada y fría sentenciosidad del aforismo, sino la inmediatez espontánea y palpitante del estribillo lírico, como si cada poema fuera parte de una canción más larga de la que Juan Antonio solo nos transmitiera lo fragmentario: la esencia de la quintaesencia.

SONIDO: SU NIDO

La nieve en el alba,
el alba en el filo,
en el filo el ave,
el ave en su trino.

¿Para qué decir más? Podría alargarse el poema con una pintoresca descripción de amaneceres y plumas, pero entonces no tendríamos el brillante tallado, sino la veta basta y opaca de carbono.

Confieso que acabo de hacer trampa. He emparentado estos versos con la lírica castellana más genuina y popular, de estirpe medieval y renacentista. La asociación no es mérito mío. Cuando le alabé a Bernier, entre otras virtudes, la elección de la rima consonante —ya hay que estar loco— de algunos de sus poemas, me declaró que la inspiración de este poemario partía en cierto modo del aire sentencioso, escueto, musical y, sobre todo, extremadamente lírico de la ancestral poesía castellana.

Es una de sus virtudes, no la más valiosa, pero sí preciosa: la sonoridad. Confieso que hay poemas que, como una buena canción, han estado cantándome en la cabeza durante varios días:

NOCTURNO

Oscuramente ardía
detrás de la alambrada
la luz anaranjada
de la refinería.

O la que abre el libro, perfecta como una esfera:

EL ECLIPSE

Para volver en sí,
la luz de la mañana
compuso en la ventana
un paisaje sin mí.

La mayor parte de estos poemas nacen de la observación. El yo lírico se desvanece, más bien se transfigura en el paisaje contemplado. ¿O es más bien al revés? ¿Es el paisaje, la naturaleza, los objetos quienes componen su particular naturaleza viva en el alma de Bernier?

NUEVA GRAMÁTICA DE AQUÍ

La esfera es imperfecta.
En la flor del granado
fructifica otra esfera.

SORT SOL

Nubes de plancton.
Los estorninos son
seres acuáticos.

Por último, y para no subvertir con palabrería el espíritu de Letra y nube, no quisiera dejar pasar un aspecto que ya me llamó la atención en el anterior libro de Bernier, Árboles con tronco pintado de blanco (Pre-Textos, 2011): la primoridial importancia del título, acrecentada aquí por poemas tan breves, tan breves que los títulos parecen primeros versos desgajados del poema, con el que incluso emparentan por la rima:

MEDITACIÓN JUNTO A UN SAUCE

¿Beber un vaso de agua
me convierte en un cauce?

DE LA FRAGILIDAD

Un sépalo que envuelva
al pétalo solar.


Con todo, junto a estos, hay poemas agrupados bajo un título genérico o bajo un simple número arábigo, lo que revela el esfuerzo de Bernier por podar su expresión hasta las últimas consecuencias. Y a propósito de esto (y ahora sí calla la prosa), en algo sí discrepo con Juan Antonio Bernier. Recuerdo haberlo oído tachar su propio título de cursi. Mentira: es tan certero como definitorio. Letra y nube: letra tan etérea, tan casi muda que se evapora y se va, como una nube. No por semejanza real, sino por afinidad de intenciones, me recordó al último poemario de José Mateos, Otras canciones (Pre-Textos, 2016), en las que el poeta jerezano soñó con «escribir unos poemas tan sencillos, tan desnudos, que parecieran invisbles». Esa es la virtud de estos poemas de Bernier: parecer invisibles, pero latir con vocación de eternos.

viernes, 23 de junio de 2017

Regalo para regalo

Los hay detallistas a más no poder, como este que vio Chis:

Compró papel de color 
para regalos Gonzalo,
y le dijo al vendedor:
―¿Lo envuelve para regalo?